Un momento de introspección sobre crecer y cambiar

El duelo de ya no ser quien eras.

Cuando pasamos de la niñez a la adolescencia vivimos un cambio del que todos hablan. Nuestro cuerpo cambia, nuestra manera de pensar evoluciona, nuestras emociones se vuelven más intensas y poco a poco dejamos de ser niños para empezar a descubrir quiénes somos. Es un proceso tan natural que nadie se sorprende cuando sucede.

Pero hay otro duelo del que casi nunca se habla: el de pasar de la adolescencia a la adultez.

Es un cambio mucho más silencioso. No sucede de un día para otro ni hay un momento exacto en el que despiertas sintiéndote adulto. Simplemente un día te das cuenta de que las decisiones pesan un poco más, de que el margen para equivocarse parece más pequeño y de que la vida empieza a sentirse más seria de lo que alguna vez imaginaste.

Una escena serena sobre el paso de la adolescencia a la adultez

Sin darte cuenta, dejas de pensar únicamente en el presente y comienzas a preguntarte dónde quieres estar en cinco años, qué trabajo quieres tener, en qué ciudad te gustaría vivir o si realmente estás tomando las decisiones correctas. Y aunque nadie lo diga, todo eso puede dar miedo.

Lo curioso es que, mientras intentamos construir una nueva versión de nosotros, también empezamos a despedirnos de la anterior.

Extrañamos la ligereza con la que vivíamos algunas cosas, la facilidad para hacer amigos, las tardes sin preocupaciones y esa sensación de que todavía había todo el tiempo del mundo para descubrir quién queríamos ser. Incluso llegamos a extrañar a la persona que fuimos, aunque sepamos que ya no encajamos en esa etapa.

Y creo que ese también es un duelo.

Porque crecer no solo significa conocer nuevas versiones de nosotros mismos; también significa aprender a despedirnos de las que ya cumplieron su propósito.

Con el tiempo entendí que no se trata de intentar volver a ser quien eras, sino de agradecerle a esa versión por haberte traído hasta aquí. Todas las etapas de nuestra vida dejan algo en nosotros: una enseñanza, una amistad, un sueño, una herida o una forma distinta de mirar el mundo.

Quizá crecer nunca fue dejar atrás a esa persona, sino llevarla contigo mientras le haces espacio a alguien nuevo.

Y tal vez ahí está la belleza de la vida: en aceptar que estamos hechos de todas las versiones que alguna vez fuimos, incluso de aquellas a las que, de vez en cuando, todavía extrañamos.

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